Su mirada fija, de piedra sobre el papel limpio, en una mano un lápiz negro, en la otra un borrador, seguramente tendría que escribir y borrar y volver a escribir, porque no encontraba las palabras, no entendía el significado de las líneas que no cabían en esa sábana blanca, tanto para decir. Y como si fuera poco, era una carta al cielo, para Dios, para su padre, para todo el universo.
Pagó caro su inmadurez en el momento en el que él se fue; no entendió realmente que se había ido para siempre y no lloró lo suficiente. Ese día todo fue como un espejismo, las personas, los colores, las voces, todo era borroso, no entendía, no podía asimilar que “eso” les pasaría a ellos, que hoy eran ellos los que estarían en la portada de los diarios y en los chismes de barrio.
Ya habían pasado muchos años de aquel maldito día, en que le fue arrebatado de un plumazo la vida, ella todavía mira hacia arriba incrédula, aún hoy se le ocurren esas preguntas que quisiera responder algún día.Suspira resignada, volviendo a su carta, va dibujando garabatos en la hoja y aprieta la punta del lápiz en ese corazón que dibujó, acaso es la muerte un impedimento, acaso no lo siente cada día, en cualquier estupidez y en los silencios. Recapitula nuevamente los sucesos: era un día cualquiera; él se va como siempre, unos mates, un saludo común y corriente. Ese día fue el último y no hubo siguiente.
Y la vida continúa en la familia, se acomoda como puede, se arremanga, se aprieta, se siente fuerte su ausencia, hasta que ya no se siente. El papel en blanco sigue allí, ella sigue preguntándole a la muerte, a un Dios presente y a su padre; escribe con la mente, pero sin palabras, solo con lo que siente, pero el lápiz inmóvil siempre.
Sopla, nuevamente agotada. El cielo hoy no le responde, aunque intente; su Dios no ha querido darle respuestas, y su padre dormido aún no la siente. Su mirada fija, hipnótica sobre el papel limpio, por fin ha traído a su padre ausente, en sus manos, en sus pensamientos y en el dolor de su vientre.